sábado, 12 de junio de 2010



Hasta la cosa más pequeña e insignificante: un hilo de colores, un botón de una chaqueta que perdiste hace tiempo, un viejo album de fotos sin empezar, unas zapatillas desgastadas de tanto usarlas, aquel libro que tu profesora de Lenguaje te mandó leer y tanto te costó acabar, un boligrafo destintado, una peluca de carnaval, una piedra en el camino, un charco de lluvia, una concha del mar, una púa de la guitarra que no tocas hace años, las fotos que has sacado a lo largo de tu vida, el anuario escolar, exámenes escondidos con notas suspensas, dinero robado de la cartera de tus padres, alguna escapada, la primera borrachera y la última, las barbies que aún guardas, tus cuadernos de primaria que todavía tienes en algún cajón que no te acuerdas de que existe, la primera rosa que te regalaron por San Valentín, el primer beso, la primera vez que viste el mar, cuando aprendiste a andar en bicicleta, cuando tu abuelo te regañaba por cambiar la tele mientras veía un partido de fútbol. Esas, esas pequeñas cosas, son las que dan sentido a tu vida.

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